Reinhard E. Matadamas Bárcena
La vida, un suceso afortunado
Definir ¿qué es vida?, es
uno de los grandes cuestionamientos que los científicos se han hecho, dar una
respuesta aceptable les tomó varias décadas e inclusive todavía existen debates.
En el intento de dar una definición como respuesta a esta pregunta es complicada
puesto que puede ser una muy amplia o una demasiado estrecha.
Si es difícil dar con esa
respuesta, los científicos han puesto aún mayor empeño en descubrir como
sucedió el origen de la vida; la respuesta es comparable con la ciencia
ficción, se ha tenido que recurrir a la imaginación para tener una mejor idea;
muchas ideas han surgido, la teoría de la panspermia, la autogénesis, hasta el
creacionismo tuvo un papel importante. Sin embargo la teoría más aceptada en la
actualidad es la teoría de la evolución química, propuesta por Alexander
Oparin.
Sin embargo a cada
respuesta surgen cada vez más interrogantes. Suponiendo que la teoría de Oparin
sea correcta y la vida tenga sus primeros inicios de forma primitiva, ¿de dónde
obtuvo tanta energía para llevar a cabo su metabolismo? Sabemos que las células
eucariotas actuales, para llevar a cabo procesos metabólicos, requieren de
muchísima energía, a pesar que los procesos han sido perfeccionados, a través
de la evolución, para utilizar la menor cantidad de energía necesaria. De forma
similar ocurre en los procariontes; entonces la pregunta surge al pensar que
las bacterias primitivas no tenían procesos tan complejos y gastaban aún más
energía.
Se entiende que tenían un
metabolismo principalmente metanógeno y anaerobio, puesto que así eran las
condiciones generales del planeta (anóxico), los océanos eran ácidos (habían
principalmente protones H+) y eran pobres en aniones (iones con carga
negativa). Nuestro mundo era muy distinto de como lo conocemos ahora.
Una teoría que trató de
responder a estas preguntas fue la propuesta por Michael Russell. A grandes
rasgos, él propuso que la energía necesaria para estos procesos se obtuvo de
las ventilas hidrotermales en el fondo de los océanos. El proceso que en estos
lugares tuvo lugar es muy interesante; estas ventilas que eran ricas en
minerales (Fe, Ni, Mo), necesarios para llevar a cabo la descomposición del CO2.,
entraban en contacto con el agua (rica en protones), por varios microporos
ubicados en su superficie, dejando libres los minerales. Estos minerales libres
eran atrapados por los organismos primitivos y reaccionaban con el CO2 disperso en el océano. En
estos lugares el gradiente de concentración estaba en pro de la reacción de
descomposición del CO2, por lo tanto la célula no gastaba energía,
sino por el contrario, esta reacción la liberaba.
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